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Amante de los tiburones. Me encanta la magia, los libros y París.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Utopías que se hacen llamar amor


Que suene Skinny love y me quiera suicidar en cada acorde,
no tiene nada que ver con mi regreso a Madrid.

Tres de tres.
Tres noches de llanto sin cesar,
de espaldas enfrentadas,
-suplicando en voz bajita, en tono sábana-
que por favor
parases de llorar.

Que me estás abriendo el alma
y se está inundando el corazón,
-y encharcado luego no se quiere igual-.

¿Quién dijo que nadar sin salvavidas
era una muerte asegurada?

La puerta del baño suena como si se abriese un garaje,
te encierras
y Oporto tiene de fondo tus quejidos impregnados
del jetlag de tus sueños.

Mientras,
mis contracciones musculares
-en un intento de quitarme la vida con las rodillas hacia mi tripa-
juraban gritar
si volvían a oírte llorar una vez más.



El frío había invadido mis costillas,
y el corazón se había equipado de una cubierta transparente pero helada,
no quería decir que fuese inaccesible,
pues tú estabas dentro de él
y salir era cuestión de muerte.

La distancia quiso ganarme la partida
y me dijo Boza que apostase con ella nuestra suerte.
La verdad,
yo no he sido nunca de jugar al azar,
pero contigo reconozco que me he hecho ludópata.

Y otra noche más,
comenzamos a explicarnos que esta ciudad
deja de ser triste sin nuestro llanto.
Dos de dos.

Sobreviviremos al día siguiente, lo juro.

No te dejes engañar por mi cercanía,
que me has dicho que me sientes lejos
y es que llevo tatuados los ciento veinte kilómetros
en cada poro de mi piel,
así que suma.

Perdona,
sólo te pido perdón por no saber explicarte los motivos,
razones, causas y consecuencias
de que el invierno se haya hecho hueco en mi costado izquierdo,
donde tú me besabas para cerrar la noche
antes de que el cabrón echara el ancla


Tercera luna,
tercer sol con lluvia,
tercera noche de por favores,
tercer asalto de: no llores.

Sólo recuerdo un avión que fueron dos a la vuelta,
cada una embarcó por la misma puerta
pero los destinos fueron diferentes.

Y decirte que me dejé un trozo de alma encima de tu espalda,
cuando en un intento de consolarte
me rompiste el escudo con la última lágrima

Deja de llorar,
por favor,
te juro que a la próxima quito el candado a las ventanas
y me asomo a gritar,
que todos se enteren de que la lluvia viene de ti.

Que te vean llover
es peor que verte llorar.


El amor ha decidido ponerse en mi contra
y crearme dudas donde sólo había besos.
Vale, que esta vez ha sido sin venda,
pero a ver ahora quien me cura sin gasas ni ganas,
sin mases ni espadas.

Quien me va a luchar en la cama
si no vas a ser tú,
que aquí hay alguien que intenta convencerme de que el dolor
es necesario sólo si
no duele.

Regresa, inocencia.
Regresa a mí para volver a empezar a ser yo.
Que desde que vivo con tu ausencia sólo soy la mitad de mí.
Sólo la mitad de ella.

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