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Amante de los tiburones. Me encanta la magia, los libros y París.

martes, 1 de enero de 2013

Sobreviviendo al fin del mundo


21 motivos para que el fin del mundo nos pille bailando:

  1. Bailando. Sería necesario un último baile antes de marcharnos definitivamente. Y no me digas porqué, sólo sería necesario.
  2. Bailando para conocer tus movimientos, tus traspiés, tu compás conmigo antes del final.
  3. Bailándo(nos) en una cama, en una calle, en un rincón, pero bailando.
  4. Bailando porque no conozco mejor manera de dejar esto que no sea a tu ritmo.
  5. Bailando para llevarnos una última vez.
  6. Bailando con la timidez de nuestro primer encuentro.
  7. Bailando con la timidez de nuestras segundas veces.
  8. Bailando con New slang de fondo, contigo a mi lado y con la vida anunciándonos que se despide.
  9. Bailando nuestras manos bajo la torre Eiffel, o encima, o da igual, bailando en París.
  10. Bailando en el coche, en cada trayecto que hice hasta a ti.
  11. Bailando en el fuerte hasta entrar en calor.
  12. Bailando en cada vez que te digo “ven” y no vienes.
  13. Bailando en las veces que me dices “ven” y no voy.
  14. Bailando en silencio, observando a mi heroína (sin capa), agradeciéndole con la mirada este último baile.
  15. Bailando en cada cementerio que pisamos sin saber que ése era nuestro final.
  16. Bailando con los cascos puestos después de cada despedida.
  17. Bailando porque los gerundios nos empujan a ello.
  18. Bailando con nuestros sentimientos que carecen de pasos.
  19. Bailando con nuestras frases, dejando que cale la última: we could have been heroes
  20. Bailando sin control, como si el mundo acabase mañana.
  21. Bailando, como si hoy fuera nuestro último baile. Como si hoy fuese la última vez que te voy a ver respirar, como si esta noche fuese la última para disfrutar de tu frío en pleno diciembre. En este último punto, en el 21, te vuelvo a pedir que vengas conmigo que creo que nos merecemos algo definitivo si esto en realidad tiene que acabar.

No se me ocurre mejor manera de invitarte que con un infinito en la muñeca, que se puede desabrochar cuando tú quieras, un infinito que no es infinito si nosotras no lo queremos así.
Se puede decir que es un infinito de verdad, de los que pueden terminar.