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Amante de los tiburones. Me encanta la magia, los libros y París.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Somos verdad

Somos la generación del 27
el Siglo de Plata para fumarnos los poros
Los perros guardianes dirigiendo el rebaño hacia el puente,
las líneas de colores en el cielo
después de la decepción

No somos esperanza
somo acción

Somos verbos
palabras
poesía en tu casa
la prosa del preso que expresa
hasta llegar al condicional

La tinta que pinta el papel de fumar
Somos bar
somos hogar
hogueras encendidas en mitad de la oscuridad

No somos la generación perdida
somos el saber estar
la calle Libertad
somos Joaquín, Andrés, Nacho y Quique.

Somos egoístas con la naturaleza
porque siempre vemos antes
las malas hierbas en el ego ajeno

Somos trabajadores de sueños
locos por volver a tocar las cuerdas vocales de la sociedad
Somos la calle

Somos las promesas hechas con realidad
Somos el cambio
Somos nosotros, Poesía
y hemos venido a salvarte

viernes, 4 de octubre de 2013

Nosotros


Todo el mundo busca lo que quiere en el sitio de siempre. Y no, nunca está siempre.

Siempre vamos al mismo lugar, a la misma parada de cada mañana, la misma línea de metro, la misma calle, el mismo edificio, las mismas caras, pero un día, ya no está.
Un día te levantas y caminas hacia la misma dirección, en el mismo sinsentido de siempre.
Un día como hoy sabemos que mañana es sábado y pasado nostalgia. 
Que el lunes vuelve como cada semana, después de una lluvia de recuerdos para cansarnos tan solo de pensar en todo lo que nos queda por delante. 
Nos disfrazamos de optimistas, pero somos la peor especie del mundo.
Eso no está escrito en ningún libro y me parece mal la valentía del ser humano que dijo que somos egoístas por naturaleza y él no se definió como un cabrón.

Pero te das cuenta, enseguida, de la primera frase de este texto, cuando un día, por normal que parezca, por martes, miércoles, abril, diciembre o enero que fuera, despiertas en la cama de siempre, desayunas estrictamente tal y como viene en el papel que te recomienda no tomar dulces a pesar de que la vida te amargue, enganchas el disfraz sonriente que te va a ayudar a soportar las ocho horas -con suerte- laborales que te quedan por delante y sales. 
Abrazas al cielo, ves al cartero, un escalón, dos... El autobús debe estar al llegar, pero te falta alguien. Estás en el lugar, en la parada, vas hacia la misma línea de metro, has bajado por tu calle y la oficina no se ha movido de donde estaba, pero te falta alguien.
Miras, disparas la mirada hacia el frente por si acaso una señal te da alguna pista, pero nada. 
Miras, están los de siempre, los de cada mañana, pero algo falla. 
Viene el autobús y te subes con la inseguridad de la mano porque sientes que algo ha cambiado.
Vas hacia el metro y te cruzas con él. Te paras. Caminas dos pasos hacia atrás mientras el barullo de gente parece informatizada, y buscas el reflejo de lo que te faltaba. Te miras en el espejo, y eres tú.

Te faltas en cada día por culpa de la monotonía que ha hecho que te olvides de ti. Te faltas y ha llegado el momento, en que, por fin, has conseguido mirarte. Vives en una jaula que dices que es tu casa donde sabes que tu hogar es donde se encuentren los de siempre, porque ellos nunca cambian, aunque también están enfermos de rutina.


Y digo que somos la peor especie del mundo porque dejamos que nos convenzan de que la vida es estabilidad, de que lo mejor para mañana es tener un futuro hoy. Dejamos de creer por miedo a que sea verdad eso que dicen de la felicidad, como si mañana existiese. 
Como si ser feliz no fuese una estupidez. 
Como si tener algo que hacer fuese todo, cuando realmente lo importante lo hemos perdido hace tiempo.

A nosotros. 

Nosotros, los mismos que caminamos cada mañana por el metro ignorando los reflejos.
Esos mismos, nosotros.