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Amante de los tiburones. Me encanta la magia, los libros y París.

martes, 24 de septiembre de 2013

Me hiero

Tengo el corazón en un puño.
En el izquierdo 
textualmente. 

Siempre que escribo
tengo la sensación de que algo lo separa de sus latidos.

Es como si mi dedo corazón derecho
quisiera amansar el miedo
del hermano que se esconde en el lado opuesto.

Y se le antoja imposible.

Pareciese como si entre ellos
hubiera una lámina fina y transparente
simulando la claridad de un reflejo al mirarse en un espejo.
Roto.
Como los sueños.

Muevo mis yemas
y no me llego a morir de vida.

Y ésta se encoge y acelera el pulso,
se estrella contra una distancia infinita
vertical,
existente
como las vías de tren a las que me he tirado
-por despecho-
para verte.

Pero se rompe cuando me adentro
en lo más superficial de mi cuerpo
porque en el fondo 
hay demasiada gente esperando 
a que vengas tú a tocarlo.

Déjales,
están todos muertos de sueños
y yo me evado metiéndome los dedos 
salpicando el suelo de tu portal
debido a mi bulimia emocional.

Lo siento,
me estoy quedando en los huesos de tanto querer tocarme
y no encontrarme el pecho.  

viernes, 13 de septiembre de 2013

Ella

Tienes que saber algo más antes de acostarte otra vez.
Conmigo.
¿Te acuerdas de la chica tímida
que apenas hablaba
y no dejaba de mirar al suelo por miedo a caerse?

Bien.
Te hizo el amor antes de conocerte.

Y reconoce
que has sido lo mejor que ha pasado por su cama.
Y por su mente.

A veces me cuenta cómo te sorbía la saliva
con el cuentagotas de su lengua.
Cómo te quitaba la mirada
para darte la mano
y llevarla al final de su espalda.

Me habla de la manera que tiene de rozarte
sin ni siquiera mirarte,
de cómo te sabe de memoria,
a conciencia,
de noches y noches de estudio continuo,
una y otra vez,
sus manos
y tu piel.

De cómo te besa las rodillas
y juega con los espasmos y la prisa,
que es lo único que no le corres.

De tus labios cuando huelen a flor,
a la más mojada de su jardín de olvido.

Me cuenta de cómo sus yemas
escalan por tus costillas
mientras desemboca un río de saliva en tu ombligo.

Me dice que hueles a noche,
a libro abierto de piernas,
a coche,
a sexo,
a roce, cariño y herida.

Me cuenta que te husmea como un perro guardián
deseando que se dé la vuelta el mundo
para comerse
por fin
al rehén:

     tu vida.